Hoy ha sido uno de esos días en los que salir a la calle se convierte en una prueba constante. No solo por el mal tiempo, sino por todo lo que ese mal tiempo destapa. Lluvia intensa, viento descontrolado, ramas por el suelo, charcos imposibles de calcular. Un día incómodo para cualquiera, pero especialmente duro para quienes tenemos baja visión y, aún más, para personas ciegas como mi pareja, Raquel.
Desde que salimos de casa, cada uno con sus quehaceres, ella para llevar a la niña al colegio y yo para ir al trabajo, el entorno deja de ser fiable. Yo aún distingo formas, contrastes, sombras, en resumen, veo poco, pero lo poco que veo lo utilizo bien y en días como este, lo poco que veo se queda corto… hoy todo se vuelve borroso: reflejos en el suelo mojado, luces que se distorsionan, bordillos que desaparecen bajo el agua, ramas en el suelo, paraguas roto. Lo que normalmente me sirve para orientarme deja de hacerlo. Tengo que ir más despacio, dudando de cada paso. Hoy e sentido hasta un poco de miedo con este temporal.
Para Raquel, la situación es todavía más compleja. El viento rompe las referencias sonoras que ella utiliza para orientarse. Los sonidos vienen de todas partes y de ninguna. El aire empuja, gira el cuerpo, descoloca. Además, no podemos olvidar los problemas de audición, que todavía agrava más la desorientación.El bastón, que es su extensión, su seguridad, hoy tropieza con ramas caídas, se engancha con hojas, resbala en el pavimento mojado. Obstáculos que no deberían estar ahí aparecen sin previo aviso.
Los charcos son una amenaza constante para los dos. Yo no sé si lo que veo es un simple encharcamiento o un desnivel peligroso. Raquel no puede saber su profundidad hasta que ya está dentro. Alcantarillas, baldosas sueltas, bordillos ocultos bajo el agua… todo se convierte en una trampa silenciosa.
Intentar usar un paraguas es casi absurdo. Una mano ocupada, el viento doblándolo o rompiéndolo, y menos control del bastón o del brazo con el que nos guiamos. Si lo usamos, perdemos estabilidad. Si no, acabamos empapados. No hay una opción buena, solo la menos mala. De hecho el mío se me rompió en plena lluvia y viento, se escuchó clac, y adiós paraguas.
La gente camina rápido, con prisa, esquivando la lluvia como puede. Pocos se dan cuenta de que nosotros necesitamos más espacio, más tiempo. Un empujón involuntario puede desorientar a Raquel por completo. A mí me puede hacer perder la referencia visual que aún conservo. No es falta de mala intención, es falta de conciencia. Ir caminando y que alguna persona te dé sin querer con el paraguas en la cara se convierte en lo más normal. La mochila de los Cupones, mojada y los pantalones mojados, todo el día de trabajo, un día duro.
En días como hoy, mi baja visión se nota más. No porque vea menos que otros días, sino porque el entorno deja de ayudar. Y en el caso de Raquel, la ciudad directamente se vuelve agresiva. La accesibilidad, ya de por sí frágil, desaparece cuando el clima empeora.
Cuando por fin llegamos a casa, no sentimos solo alivio. Sentimos cansancio. Un cansancio profundo, físico y mental. Porque no ha sido simplemente “un día de lluvia y viento”. Ha sido una sucesión constante de obstáculos, de decisiones, de tensión. Una demostración clara de que la autonomía de las personas con discapacidad visual no depende solo de nosotras, sino de cómo está pensado —y cuidado— el entorno.
Días como hoy recuerdan que la inclusión real no se nota cuando todo es fácil, sino cuando todo se complica. Y hoy, para muchas personas con baja visión y para personas ciegas como Raquel, la calle ha sido un lugar especialmente difícil de habitar.
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