Hoy hablamos de cine, he visto una película y me gustaría empezar a escribir sobre cine y sobre la reflexión que tienen las películas en mí. Es una película de amor adolescente, con esas conversaciones maduras de las clásicas, películas americanas, pero con un trasfondo y cosas que te hacen reflexionar.Hay películas que entretienen, otras que emocionan y unas pocas que consiguen quedarse contigo durante mucho tiempo. Bajo la misma estrella pertenece a ese último grupo. Cada vez que pienso en ella no me viene primero a la cabeza la historia de amor entre Hazel y Gus, ni siquiera la enfermedad que marca sus vidas. Lo que realmente me deja pensando es la forma en la que nos obliga a mirar de frente algo que casi todos intentamos evitar: la muerte.
Vivimos en una sociedad que habla constantemente de cómo vivir mejor, de aprovechar el tiempo y de perseguir nuestros sueños. Sin embargo, casi nunca hablamos del miedo que muchos sentimos hacia el final del camino. Y creo que ese miedo es mucho más común de lo que parece.
Muchas personas tienen miedo a vivir. Miedo a equivocarse, a fracasar, a enamorarse o a salir de su zona de confort. En mi caso, si soy completamente sincero, el miedo no está tanto en vivir como en afrontar el momento en el que llegue la muerte.
Sí, probablemente sea un cobarde. O al menos así me siento algunas veces.
No me asusta tanto dejar de existir como imaginar ese momento. Me asusta el dolor que pueda sentir. Me asusta el sufrimiento que pueda estar viviendo en esos últimos instantes. Pero, sobre todo, me preocupa cómo ese sufrimiento pueda afectar a las personas que quiero. Pensar en ver sufrir a quienes están a mi lado casi me da más miedo que el mío propio.
Y creo que ahí está una de las grandes virtudes de Bajo la misma estrella. No intenta convencernos de que todo va a salir bien. Tampoco romantiza la enfermedad. Lo que hace es recordarnos que la vida sigue teniendo sentido incluso cuando sabemos que el tiempo puede ser mucho más corto de lo que desearíamos.
La película habla del cáncer, pero en realidad habla de cualquier persona que ha tenido que convivir con un problema que parece más grande que ella. Habla de la incertidumbre, de las limitaciones y de esas preguntas que nadie sabe responder.
También habla del amor. No de ese amor perfecto de los cuentos, sino de uno mucho más real. Un amor que aparece en el momento menos esperado y que demuestra que no hace falta una vida entera para vivir algo que merezca la pena.
Quizá por eso emociona tanto. Porque nos recuerda que no siempre podemos elegir cuánto tiempo estaremos aquí, pero sí podemos decidir qué hacemos con el tiempo que tenemos.
Hay una escena que siempre consigue sacarme una sonrisa, incluso en una película con tantos momentos duros. Cuando Augustus, Hazel e Isaac —que ha perdido la vista a causa del cáncer— van a lanzar huevos contra la casa de la exnovia de Isaac. En medio de ese momento tan absurdo como liberador, Isaac responde a la madre de ella con una frase que nunca olvidaré. No recuerdo las palabras exactas, pero venía a decir algo como: entre los tres tenemos cinco piernas, cuatro ojos y dos pares y medio de pulmones que funcionan. Pero también tenemos dos docenas de huevos… me reí mogollón con esta escena.
Es una escena divertida, pero también profundamente humana. Durante unos minutos dejan de ser pacientes, dejan de ser personas definidas por una enfermedad. Son simplemente tres amigos haciendo una locura para ayudar a uno de los suyos a cerrar una herida. Y, precisamente por eso, esa escena transmite tanta vida.
Creo que esa es la gran lección de la película.
La vida nunca espera a que desaparezcan los problemas. Nunca llega ese momento perfecto en el que todo está resuelto y podemos empezar a disfrutar. Siempre habrá preocupaciones, miedos, pérdidas o incertidumbres. La cuestión es si dejamos que todo eso nos impida vivir.
No tengo una respuesta para el miedo que siento hacia la muerte. Ojalá la tuviera. Quizá nunca desaparezca. Pero películas como Bajo la misma estrella consiguen que, durante un rato, deje de pensar únicamente en el final y recuerde que lo verdaderamente importante es todo lo que ocurre antes.
Porque al final, la vida no se mide solo por los años que vivimos, sino por los momentos que compartimos, las personas que queremos y las historias que dejamos en quienes siguen caminando cuando nosotros ya no estamos.
Y tal vez esa sea la mejor manera de enfrentarse al miedo: seguir viviendo, incluso cuando sabemos que el final forma parte del viaje.
En resumen, se me saltaron las lágrimas con esta película. Es una película que te hace pensar. Le recomiendo a todo el mundo que la vea. Además espero seguir viendo películas que me emocionen y que me hagan volver a escribir aquí en el blog.